A los catorce años di mi primer beso y sabía  a chicharrón. Yo tenía un amigo en el barrio , él leía mucho e intercambiábamos libros, me declaraba comunista y él capitalista a mucho orgullo, fué el primero en contarme sobre los Gulags y las atrocidades de las ratas comunistas, a mi no me importaba porque todo era un montaje de los cerdos imperialistas. Discutíamos horas y horas por las tardes. Su mamá cada quince minutos nos daba una gaseosa almibarada que ya  no existe con galletas Gloria , nos atragantábamos. El no salía  porque era asmático y le caían mal mis amigos del barrio, los divisaba desde la ventana de su cuarto piso y a cada uno le tenía su apodo. Por él leí Nabokov, Carson Mcullers, Salinger , Isaac Asimov y Andres Caicedo.

Una tarde  nos trabamos con un jarabe para el asma, todas las formas perdieron  sus contornos convirtiéndose en  manchas  coloradas, nos escurríamos por el tapete de su habitación, rodábamos como gusanos, de pronto él murmuró: estoy goteando y ahí no paramos de reír como locos, porque esa era la sensación exacta, como si estuviéramos goteando, nos tapábamos la boca y ría y ría y ría, como dos gotas a punto de reventar. Cuando entraba la mamá nos sentábamos en la cama de él y hacíamos como si estuviéramos contando las hojas de  un album al revés, luego ella salía y nos echábamos en el tapete , aún   mirando el techo y sus formas escondidas. El cogió mi mano, era calientica y suave, me gustó pero la solté como si tuviera corriente, acercó su nariz a mi cabello y sentía su respiración como una emisora mal sintonizada, se reía pasito pasito, pero luego  nos levantamos y nos quedamos viendo el atardecer como si saliera de nuestras cabezas, como una nube  de palabras en las caricaturas, una mentira compartida en silencio, hombro con hombro. Después botamos  papelitos por la ventana, mi amigo primero  escribía sobre ellos: deshojo las máscaras de mi cara,  ¿ quién se comió mis dientes? ¿ quién le quita el  jabón a  el jabón?, ella chupa patas de pollo, yo mollejas. Para nosotros algo más gracioso era imposible, una lluvia de papelitos  en medio de carcajadas, mientras una  nítida linea enladrillada  restaba del atardecer. No entiendo como pude  salir de su apartamento,  sé que  en la calle tenía ganas de arrastrarme, a un lado de la acera yo le hacía señas a mi amigo y él  con la lámpara me respondía desde su cuarto piso, moviéndola de una lado al otro, hasta que mi mamá agarró mi brazo y me llevó hasta la casa, quedé dormida de inmediato. Al otro día mi amigo estaba arrepentido, porque el jarabe era muy caro y su mamá lo había castigado  por haberlo botado, también decía que todo había sido  muy peligroso. Hincaba las uñas de su mano izquierda en su muñeca derecha. Desde entonces la incomodidad se parqueó  entre lo dos, empezaba a transpirar mas de la cuenta enfrente de él y el corazón me latía mas rápido, evitábamos rozarnos, ya no discutíamos como antes, mas bien nos quedábamos mirando con desafío, pero las palabras no llegaban.

El día de mi cumpleaños, me regaló un cubo de papel inflado y dentro de él un par de aretes con piedritas rosadas, el cubo de papel duró una semana, mi hermano lo aplastó en una de esas peleas que teníamos, tratando de recomponerlo, descubrí en uno de sus dobleces  que había algo escrito, se leía : te quiero. Traté de evitarlo por algunos días, hasta que me llamó y mi corazón iba a estallar cuando fuí a verlo,  cada intento de conversación era en vano ,no había nada que decir,el rspiraba con dificultad y yo mordía mis uñas. Antes de irme le comenté que el cubo de papel se había dañado pero que había leído algo en su doblez  y salí corriendo, como una loca, en el primer piso rodé por las escaleras y mi rodilla se inflamó.

En el edificio de mi amigo encontraron un feto arropado  en el jardín de la entrada, se veían  policías por todos lados y mi mamá no dejó asomarme, al otro día mi amigo me  llamó  por teléfono para contarme que el había visto quien dejó el feto, era  Graciela, tenía  nuestra edad y vivía en el segundo piso . Esa semana se supo, mi amigo imagino, lo contó todo, nadie se había dado cuenta del embarazo de Graciela, llegó del colegio y  expulsó el feto  en el baño, lo envolvió en  una manta y lo dejó en el jardín. No nos volvimos a hablar por un tiempo, hasta que reuní todo el coraje para ir a verlo y encontré su apartamento lleno de cajas, se iban a mudar, la mamá de él no quería vivir mas en ese barrio de cochambrosos, me regaló un libro de Konrad Lorenz y nos comimos nuestras últimas galletas en silencio, pasándolas con la gaseosa  que sabía a mertiolate. Se iban a ir en pocos  días, yo traté de abrazarlo pero se apartó con brusquedad. Bajé las escaleras atacada por un hipo que no me dejó llorar y el día de la mudanza mi hermano y yo los espiamos desde el parque del frente detrás de la balanza, no tuve ganas de despedirme, desaparecieron en un camión rojo. Destripé el libro de Lorenz sin encontrar un  mensaje escondido.

El sábado de la misma semana fui invitada a una fiesta de quince años, nos ofrecieron  un cóctel con algo de vodka , tomé bastante sin darme cuenta, un muchacho picoteado por el acné  y bastante tosco al que le llamaban la piña,  me invitó a bailar un merengue y  me le pegué demasiado, después de dos canciones salimos  al patio y trató de darme  un beso pero me negué, yo llevaba los aretes de piedritas rosadas, en  la incomodidad del rechazo pensé en mi amigo, en el doblez del cubo, en su mano caliente, el olor del jarabe  , su nariz en mi cabeza, el último rayo de sol, …. cerré  los ojos ,  le di un beso con lengua  a   la  piña y me  supo   a chicharrón.

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